sacerdote navarro en medio rural, deseoso de compartir la fe, experiencias y vida
martes, 7 de abril de 2015
lunes, 6 de abril de 2015
viernes, 3 de abril de 2015
Estaba la madre...
“Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y desestimado. El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros
dolores; herido y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes”. Así nos describía
el profeta Isaías la figura del Mesías, un Mesías que toma el rostro del Siervo
sufriente. A pesar de que conocemos muy
bien la Pasión del Señor, a pesar de que hemos la hemos visto mil veces
representada en el arte y en el cine, nos cuesta comprender todo el dolor y
sufrimiento que se abatieron sobre El.
Más aún que el sufrimiento físico de la tortura a la que fue sometido,
Jesús sufrió el dolor psicológico y espiritual del fracaso y del abandono. La Misión por la que había vivido estaba
fracasada, sus amigos le habían negado y abandonado, el pueblo al que había dirigido su mensaje
estaba burlándose de El, y la injusticia de su condena por parte de los
sacerdotes, el desprecio de los romanos... hasta Dios parece que le ha dado la espalda. Y en medio de este vacío
infinito, Jesús “humillándose voluntariamente no abría la boca, como un cordero
llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la
boca”. Es como si Jesús quisiese apurar
hasta el fondo todo el horror y la miseria humana. Su solidaridad con el hombre le lleva a
cargar sobre sí las situaciones más espantosas por las que podemos pasar.
Colgado de una cruz, como un malhechor, entre el cielo y la tierra, abandonado
de Dios y de los hombres, parece que para El no hay lugar ni en el cielo ni en
la tierra.
“Y
mirarán al que atravesaron”. A lo largo
de los siglos los hombres y mujeres de este mundo seguimos mirando aquella
cruz; para unos sigue siendo necedad, para otros un interrogante, para nosotros
los cristianos el signo de nuestra salvación.
En aquella cruz colgó y sigue colgando lo mejor de nosotros mismos: la
bondad, la inocencia, la honradez, la coherencia, la generosidad... todo
aquello por lo que somos realmente humanos.
Pero
la Cruz sigue levantada en nuestro mundo porque Cristo continúa agonizando en
los millones de hermanos nuestros que agonizan por falta de alimentos y
medicinas. Su rostro desfigurado y
humillado sigue presente en los rostros de las víctimas del terrorismo y la
intolerancia, en los rostros de las mujeres sometidas a vejaciones, en los
rostros de los emigrantes africanos que andan perdidos por nuestras calles y
plazas, en los rostros de millones de niños del tercer mundo sometidos a
trabajos indignos.
“Mirarán
al que atravesaron”. En esta tarde de Viernes Santo nosotros levantamos la
mirada a la cruz, superando nuestra repulsión, intentando descubrir en ella el
amor infinito de Dios, pidiendo al Señor la gracia de asociarnos a El también
en el sufrimiento y en el dolor, porque sabemos que la Gloria del hombre aunque
pasa por el dolor y la muerte no termina ahí.
Pero en esta mirada a la cruz no estamos solos. Hay un himno latino que empieza así “Stabat
Mater...” “La Madre estaba de pie junto a la cruz”. Ahí está también ella, la madre, nuestra
madre, ella acaba de recibir la misión de ser madre de toda la humanidad, ella
que todo lo soportó, que todo lo aguantó, alimentándose solo de la fe y de la
confianza en Dios. Con ella no nos da
miedo mirar a la cruz, con ella no, con ella podemos ir a cualquier sitio,
detrás del Hijo. Que ella nos ayude a
mirar las cruces de este mundo con compasión, que ella nos ayude a reconocer en
los rostros desfigurados y humillados de todos nuestros hermanos y hermanas el
rostro desfigurado y humillado de su Hijo, que ella nos ayude a trabajar para
que jamás ninguna madre tenga que mirar a su hijo crucificado.
jueves, 2 de abril de 2015
Jueves Santo
Estamos recordando y celebrando la última Cena del Señor
con sus discípulos. San Juan, antes de
contarnos lo que allí ocurrió nos dice que Jesús habiendo amado a los suyos los
amó hasta el extremo. El amor va a ser
el marco en que discurra todo lo que nuestros ojos van a ver desde esta noche a
la noche de la vigilia pascual: El amor
de un hombre por sus amigos y las consecuencias que mantener ese amor le acarrearon.
El amor de Dios por todos los seres humanos manifestado en su Hijo. Es importante que tengamos en cuenta esto si
queremos comprender todos los
acontecimientos que vamos a celebrar.
La última Cena del Señor
se desarrolla en la fiesta de la Pascua,
fiesta en la que los judíos recordaban que Dios les había liberado de la
esclavitud de los egipcios. Aquí esta ya
la primera clave para comprender de qué amor estamos hablando. Contra esa tentación que todos tenemos de
hacernos la imagen falsa de un Dios bonachón, inoperante, tapa-agujeros, el
Dios de la Alianza se nos rebela como un Dios empeñado en liberar al hombre de
la esclavitud, poniéndose del lado de los explotados y oprimidos. Dios ama eficazmente, denunciando nuestras
injusticias y opresiones, animándonos a cambiar nuestras relaciones de dominio
y apariencia, ayudándonos a descubrir la fraternidad. Y recordando este hecho
fundamental para los judíos, Jesús va a dar un paso más, Jesús va a ser el
canal por el que el amor liberador de Dios se desborda hasta el extremo. Contra la tentación que todos tenemos de amar
sólo a los que nos caen bien, de amar sólo a los que nos corresponden, Jesús nos enseña el verdadero significado de la palabra Amor. Y lo hace con un gesto
sencillo: poniéndose a los pies de sus amigos para lavarles los pies. Era este un servicio que realizaban los
esclavos y que repugna a Pedro. Precisamente,
Pedro, los discípulos y todos nosotros, tenemos que comprender y aceptar, pese
a nuestra repulsión, la verdadera revolución del amor cristiano: amor como
servicio, sin esperar nada a cambio, amor que se humilla, poniéndose a los pies
de todos. Con Jesús, Dios mismo se ha
puesto a nuestros pies para que comprendamos que no hay más Gloria que
esa. Ya no hace falta aparentar, ni ser
más que los demás, ni competir, ni explotar a nadie, porque el verdadero camino
de la humanidad que va al encuentro de Dios es el de la fraternidad, un pueblo
de hombres y mujeres que se ponen a servirse mutuamente por amor.
Con
razón se ha llamado a este día el día del Amor fraterno. Y siendo así es necesario que todos nosotros
después de ver y oír a Jesús, salgamos de esta celebración con el ánimo
renovado de trabajar y luchar por conseguir unas relaciones más fraternas. Empezando por derrumbar las barreras que
hemos construido en nuestra familia, con nuestros hermanos, con nuestros
vecinos, con nuestros compañeros de trabajo.
A veces bastará con una mirada, un gesto, una mano que se abre. Otras tendremos que buscar el diálogo, quizás
pedir perdón, quizás tendremos que devolver lo que no es nuestro. Todo merece la pena para conseguir la reconciliación. Es
cuestión de dejar nuestro orgullo y dar paso a ese amor misericordioso de Dios
que se está abriendo ya en nuestro corazón.
Hoy
Jesús nos dice a nosotros como lo dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que
he hecho con vosotros? pues hacedlo vosotros también”. ¿Seremos capaces de comprender y aceptar
amar como Dios ama?
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