
Pero ¿de qué alegría se trata aquí?, ¿es
posible en este mundo nuestro hablar todavía de alegría?... Cuando recordamos
la vida de Jesús y de los primeros cristianos, pensamos en el sufrimiento, en
la cruz, en las torturas, en los martirios...pero nunca pensamos en la alegría. Evidentemente la alegría
del evangelio no es la misma que la alegría del mundo, la alegría del evangelio no tiene que ver con
el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud. La alegría del evangelio es mucho más
profunda, es capaz de convivir con la pobreza, con los duras trabajos, con la
enfermedad y con el sufrimiento, porque
la alegría del evangelio no proviene de lo que el hombre es, de lo que el
hombre tiene o pueda hacer. La alegría
del evangelio es la alegría que Dios da a los que le acogen. Es la alegría del que ha descubierto que su
vida, su destino, está en manos de Dios.
Es la alegría del que pone en el centro de su vida a Dios. Del que es capaz de confiar por completo en
El.
Nosotros, después de
casi dos mil años, somos los discípulos de Jesús. Nosotros somos los depositarios, los
destinatarios de la alegría de Dios. A
lo largo de nuestra vida, hemos tenido quizás pocos encuentros con el
Señor. Quizás hemos dejado que nuestra
fe se enfríe. Pero ahí, en lo hondo de
nosotros mismos, está la llama del Espíritu que nos hace, una y otra vez, a
pesar de todo, seguir confiando en la
vida, en los demás y sobre todo en Dios.
Y en esa confianza que tenemos que acrisolar en los momentos difíciles
es donde se encuentra la fuente de nuestra alegría. Una alegría que nadie nos
puede arrebatar, porque sabemos que Dios no nos abandona nunca. El está siempre
a nuestro lado, esperando el momento idóneo, el momento en que nosotros le
abramos nuestro corazón, para unirse a nosotros.
Hermanos, que la alegría
de la Pascua, la alegría de Dios con nosotros, no nos abandone nunca. Amén.
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